20 noviembre 2008
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Racismo y violencia en Cochabamba: Parte I
Los motivos del lobo
Luis A. Gómez
17 abril 2007
La Paz - 

La primavera fue sangrienta este año en una ciudad en la que mucha gente amable, gente común de diversas clases sociales, tuvo el valor y la fuerza para derrotar a una transnacional. En Cochabamba, donde la corporación Bechtel perdió la Guerra del Agua en abril de 2000, el odio salió embozado con piel de oveja a golpear y a matar. El 11 de enero pasado los enfrentamientos entre campesinos (en su mayoría cocaleros del Chapare) y gente de la ciudad (sobre todo de las clases altas) quebró la realidad en pedazos. Hoy, como nos ha relatado Oscar Olivera en más de una conversación, hay varias ciudades dentro de Cochabamba, en las calles se respiran el temor y la rabia… no hay paz aunque haya calma.

Ese jueves de ira, lo que en principio parecía un movimiento impulsado desde el gobierno por sacar del poder prefectural (estatal) de Cochabamba a un derechista que trabajaba por la secesión en Bolivia, terminó convertido en un enfrentamiento civil, en el que la policía fue apenas testigo (o cómplice en varios momentos) de cómo el grupo que apoya al prefecto Manfred Reyes Villa salía a atacar gente humilde con palos, con pistolas. Este tipo de sucesos, hasta entonces, se vieron solamente en la racista ciudad de Santa Cruz, al este del país, o en tiempos de dictaduras y grupos paramilitares… como cuando Reyes Villa era edecán del narcodictador Luis García Meza en los años ochenta.

Al terminar la jornada el cocalero Juan Tica Colque y el joven Christian Urresti, de apenas 17 años, habían muerto en las calles. Tica Colque sirvió para dar nombre a un nuevo colectivo que hoy lucha contra el racismo y por los derechos atropellados de las víctimas de la violencia. Urresti, sobrino de un colaborador del prefecto, ha recibido trato de mártir de la democracia, con el respaldo incondicional de los medios comerciales. Luciano Colque Anagua moriría 45 días después, sin salir nunca del coma que le produjeron los palazos en la cabeza; Colque Anagua dejó tras de sí siete menores huérfanos.

Juan Tica Colque
Uno de los heridos cocaleros.
© Marcelo Becerra Matías.

¿Qué provocó todo esto en la cálida ciudad al centro de Bolivia?

Normalmente jovial, de maneras suaves, Olivera accedió a darnos una entrevista dos semanas después del 11 de enero. Durante más de cuarenta minutos, el conocido portavoz de la Coordinadora de Defensa del Agua y de la Vida habló entrecortadamente, con pocas ganas. Recordar lo que miró, lo que pudo atestiguar en la zona rica de Cochabamba, al norte, fue un ejercicio difícil, doloroso.

El jueves a mediodía, recuerda Olivera, el masivo contigente campesino ocupaba la Plaza de las Banderas, cercana al estadio de fútbol y lugar favorito de Reyes Villa para convocar a sus simpatizantes. De ahí hacia el norte las casas, las discos de lujo, los restaurantes finos y los grandes supermercados.

En esa plaza, en diciembre pasado, el conocido como “Bombón” Reyes Villa había llamado a apoyar “la independencia de Santa Cruz”, el departamento donde se asientan las petroleras transnacionales, el agronegocio y las élites blancas más recalcitrantes de Bolivia. Y aunque el prefecto adujo un lapsus para disculpar su dicho, lo cierto es que desde esos días trabajó arduamente en coordinación con los líderes cruceños, que piden una autonomía política parecida a la secesión, para ver si conseguía lo mismo en Cochabamba.

Por eso las huestes movilizadas desde el Poder Ejecutivo tomaron el sitio, aunque pacíficamente. Y ahí estaban ese día, alertas pero tranquilos, mientras más al norte se reunían los hoy conocidos como Jóvenes por la Democracia (un grupo de choque dirigido por golpeadores, barras bravas y varios empleados públicos), que recibían palos y comenzaban a levantar barricadas, como pudo observar Oscar desde un taxi.

Poco después comenzó el ataque, que encontró desprevenidos a los campesinos. No solamente por el factor sorpresa, también por su virulencia. María Eugenia Flores Castro, joven periodista aymara, estaba ese día en la plaza, platicando con sus amigos y compañeros. “Era bonito ver a la gente; los veías felices porque habían ocupado un lugar que nunca antes podían haber ocupado más que para mendigar, si se puede decir ¿no?”, recuerda Mauge, como se le conoce, en uno de los tres vibrantes testimonios recogidos por nuestra colega Claudia López Pardo y puestos hoy a su disposición.

Flores Castro recuerda claramente el inicio de las agresiones: “De repente llegaron hasta el puente un montón de cívicos. Entonces la gente empezó a lanzar piedras desde aquí, porque era lo único que se podía lanzar.

“Llegaron los cívicos, entraron corriendo hasta la mitad del puente. En ese momento todos nos asustamos y la gente empezó a pararse e irse, porque el miedo ya se sentía al ver a toda la marcha de los cívicos amontonada en medio del puente. Lo único que nos separaba era una fila de policías [hay que recordar que un día antes, la policía rodeó todo el puente, sus alrededores y las calles aledañas hasta donde está la muralla, formando una barrera humana sin permitir que haya avance de un lado ni del otro; en cambio ese día había pocos policías]. Como no había muchos policías los compañeros subieron a la pared de piedra que da al río, y de ahí empezaron a gritar y a alertar de que los cívicos estaban viniendo. Yo estaba a mitad del puente y mis compañeros empezaron a llamarme.

“Entonces, pensé: ‘Creo que va a pasar algo’. Empecé a caminar y me alejé un poco de ahí porque sabía que estaban viniendo armados. Pensé: ‘Si me acerco puede llegarme una bala’. En ese momento los pacos [policías] nos decían: ‘Vayan, aléjense de aquí’.

“En ese momento, la prensa se encontraba en el puente. Cuando los cívicos rompieron el cerco policial —que ni siquiera se rompió, ya que fue como una puerta abierta por los policías—, los cívicos entraron gritando”.

Las sensaciones de Mauge fueron correctas, desgraciadamente certeras. Ella misma sería golpeada, escupida y pisada por los muchos “cívicos” (como se conoce a los afiliados a los Comités Cívicos de cada urbe boliviana, hoy bien identificados con el programa de la derecha boliviana). Es posible admirar, en el primer video aquí enlazado, la ocupación del puente de Cala Cala, cercano a la plaza y mencionado varias veces por Mauge como el punto de inicio de las agresiones, no solamente tenía como finalidad el desalojo de los campesinos del territorio de los blancos, sino ir a buscarlos, cazándolos.

Chequen por favor dos detalles importantes a partir de este video (y muchos, muchos más publicados en Internet). El primero es que los agresores se sienten orgullosos de sus acciones, por eso presentan muchas imágenes que los muestran golpeando a gente indefensa. El segundo detalle lo da el reportero Ariel Sánchez, de la red ATB (propiedad de la transnacional española PRISA), de donde han tomado estas imágenes: al dar cuenta de los hechos, Sánchez llama todo el tiempo “manifestantes demócratas” a los bandoleros de la derecha y “cocaleros” a los campesinos y demás personas, como Mauge, que estaban en el otro bando… así, obviamente, establece un contraste que, no es casual, deja a los criminales blancos como gente de bien que se defiende ¿atacando?

Oscar Olivera recuerda muy bien las noticias que escuchaba en el taxi que lo llevaba a su oficina ese 11 de enero. Oscar recuerda muy bien lo que han hecho los medios ese día en Cochabamba…

Volviendo con Mauge Flores Castro y su testimonio, podemos resumir la agresión a centenares de golpes. A un hombre, indígena quechua de la comunidad de Ayopaya, le reventaron la cabeza delante de Mauge. Ella y varias personas más, atrapadas en plena calle por la marejada asesina, sufrieron durante minutos que parecían siglos… hasta que por fin, seguramente sintiéndose culpables, los policías los ayudaron a salir:

“Cuando los policías hicieron el cordón para dejarnos salir, sentí que era un callejón oscuro, como te hacen en todas partes… Entonces salimos y caminamos como cuadra y media o dos, caminamos recto, y estaba lleno de cívicos, pero esta gente que se quedó no eran jóvenes, era gente mayor que tal vez no ha podido bajar a perseguir a los campesinos. Eran señoras, señores, viejos, esas damas, todo estaba lleno de ellos con sus palos.

“Cuando nos han visto a nosotros salir, porque debimos ser los únicos que nos hemos quedado aquí, y como estábamos caminando dentro del cordón policial, nos insultaban, gritaban y decían: ‘¡Fuera de aquí, váyanse a su pueblo indios, váyanse al campo!’.

“Yo estaba con la cabeza baja porque me sentía como culpable… Los cívicos nos escupían, nos golpeaban, aunque los policías estaban ahí parados —supuestamente resguardándonos— por detrás ellos estaban gritándonos, lanzándonos palos, basura, y nosotros pasando por aquí como si fuéramos lo peor del mundo, escuchando todo”.

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Los “demócratas” blancos armados en son de paz.
© Marcelo Becerra Matías.

Mauge pudo levantar la cabeza, resistió y salió con vida. Y las heridas las lleva por dentro, como dice. Pero tres personas han muerto y todavía no hay mucho que decir de las investigaciones judiciales que se llevan a cabo después del 11 de enero.

De entre los “demócratas” que apoyan a Reyes Villa a gobernar a sangre y fuego Cochabamba, departamento y ciudad, la policía pudo detener a tres ese día, portando armas de fuego. Uno en particular, Alex Rosales, tenía en poder una pistola semiautomática calibre 9 mm y un revólver calibre 25. Rosales está bajo proceso en estos días, porque se comprobó que disparó ambas armas ese jueves maldito… y de la 9 mm milímetros salió el proyectil que mató a Juan Tica Colque.

¿Dónde estaba el gobierno? ¿Por qué la policía no actúo con más fuerza, como lo hizo en 2000 durante la Guerra del Agua? ¿El prefecto Reyes Villa tuvo un rol más importante ese día del que parece? ¿Qué hacían a esas horas los dirigentes del partido oficial, mientras sus bases eran brutalmente agredidas? Hay decenas de preguntas que quisiéramos responder en UB, para que al menos ustedes sepan… pero no será esta vez.

Por ahora, mientras volvemos con la segunda parte de la historia del jueves 11 de enero en Cochabamba, queremos mostrarles un video muy corto tomado por alguno de los jóvenes demócratas que portaban bates de béisbol y varillas de construcción. Véanlos junto a sus padres, a sus abuelos y a sus hermanos, están felices caminando por el Prado de su ciudad… están yendo a matar indios.