Cuando uno mira el origen de El Alto, indirectamente evoca a la inmensa pampa que debió ser: con su paja brava, con sus montoneras de piedras, con sus ríos, con sus sembradíos, con sus propias comunidades y con sus achachilas de siempre: el Chacaltaya y el Huayna Potosí (esta última que aún lleva puesto un poncho blanco).
Esa pampa se ha atrevido a convocar a las gentes de otras pampas, de la cordillera, de los valles e incluso del oriente mismo del país. Pues no es casual encontrar en la reconfiguración de los barrios, lazos de parentesco y de identidades cercanas.
Con los años, esa pampa pensada para el descanso y para vislumbrar la otra ciudad (La Paz) se ha transformado, se ha convertido en una pampa tomada, posicionada y apropiada por cerca de un millón de gentes, que le han dotado de identidad y de vida propia, distinta a otras ciudades; pues no tiene un sólo centro, como la común manera de constitución de las ciudades modernas. Por tanto, El Alto como pampa urbana es altamente creativo e innovador.
La pampa de El Alto hoy ya no es la misma, porque alberga a toda las expresiones de la modernidad; pero al mismo tiempo se sigue resistiendo a ser plenamente transformada. Quizá la expresión más visible de esta relación sea posiblemente la tradicional Feria de la 16 de Julio, donde todos los jueves y domingos se muestra al mundo entero como el evento más relevante de Latinoamérica.
Es desde este lugarcito andino moderno, que se evoca a la memoria colectiva, a la posibilidad del karapampeo, que invita al paseo, al encuentro y desencuentro con lo conocido y lo desconocido, para darse unas largas caminatas, para mirar, saludar, preguntar, escuchar o para simplemente caer en la tentación del consumo.
El hecho de karampampear por la 16 es todo un rito. Hay gentes en El Alto que salen exclusivamente para eso. Hay otros que incluso hacen largas colas por atreverse a entrar a ese lugar mágico, y si no me creen pregúntenles a las gentes de La Paz que ingresan por medio de la autopista.
Ahora, lo lindo del karapampeismo es que esta en proceso de extensión. En los barrios, las gentes van recreando otras 16s, más chiquitas, más intimas; pero con la misma lógica, con el ajayu de la tradicional feria mayor.
A propósito de los momentos cuando karampampeaba por El Alto, recuerdo el texto escrito en la ventana empolvada de un minibus en plena trancadera de la Ceja, que decía: “Yo no lavo mi auto, porque quiero mucho a mi tierra”.
Saludos a todos y todas las personas que siguen karapampeando por la pampa urbana de El Alto.