Parece que estamos en guerra. Las fuerzas que junta el dinero han declarado, según dicen los zapatistas, la IV Guerra Mundial. Todo lo que ocurre a nuestro alrededor así lo indica, porque vendiendo o comprando tierras y gente, los poderes que mandan en este maltrecho planeta han decidido mercantilizarlo todo: libre comercio. Los demás, condenados por nuestra escasez material, resistimos el ataque y respondemos al fuego enemigo con lo que podemos.Y en esta guerra, ¿dónde quedó el periodismo?
Porque los medios comerciales, los que responden a la lógica de sus dueños y señores, nos hablan todos los días de “lo que realmente está pasando”, la verdad detrás de todo, “imparcial, veraz y oportunamente”. Cualquiera diría que, gracias a la instantaneidad de los medios, un individuo cualquiera en cualquier rincón de la Tierra podría, si quiere, estar “bien informado” sobre el hambre, la corrupción, el terrorismo, la democracia y muchas otras cosas.
Sin embargo, no hay que olvidar que la verdad, dicen a coro periodistas y críticos, es la primera víctima en una guerra. Sin caer en el simplismo, es aceptable lo mucho de cierto que hay en esa expresión, pero es necesario matizar que con la verdad, en general, los políticos, los empresarios y sus periodistas se comportan como unos chulos, proxenetas con el suficiente poder para beneficiarse de lo que llamaríamos sus servicios… esa “víctima”, entonces, no es nada más una baja de guerra, es uno más de los muchos expoliados por el poder, históricamente.
En octubre de 2003, durante la insurrección que derrotó a un presidente, Bolivia pudo atestiguar claramente la alineación, la parcialidad con que los medios comerciales bolivianos trataron las movilizaciones populares de entonces: relativizaron el hacer colectivo (volcando a los insurrectos en provocadores y convirtiendo los ataques y masacres en enfrentamientos). Lo mismo podríamos decir de los medios en Venezuela en el golpe de Estado contra Hugo Chávez y de los medios gringos y las agencias transnacionales de noticias en el golpe contra Aristide en Haití. Ejemplos sobran.
La información es poder, pero no todo el poder… poder es también la acción, y por tanto la conciencia que la guía. Poder es asimismo el deseo que sirve de puente entre conciencia, acción e información. Así vistas las cosas, informar no quiere decir repetir bodrios de donde vengan, sino analizar, brindar elementos históricos, críticos. Y en esta guerra, en la que nos hacen creer que lo saben todo y por ello nos dominan, ¿qué hacemos? ¿qué pensamos? ¿qué informamos?
“Déjenme decirles lo que vi en Paterson y luego ustedes dirán de qué lado de esta lucha es ‘anárquico’ y ‘contrario a los ideales americanos”, dijo John Reed al iniciar uno de sus reportajes, “Guerra en Paterson”. Y a partir esa solicitud, el gran periodista estadounidense de principios del siglo pasado (el comunista, el que tomaba partido por los suyos), dijo “lo que vio”... algo que en los términos del llamado periodismo contemporáneo podría traducirse en “contar la verdad”... pero Reed también hizo algo mucho más sofisticado (y sencillo al mismo tiempo): dio a sus lectores la posibilidad de construir la verdad, de aprehenderla desde su posición en la historia, en la Historia.
Así pensado, el periodismo puede concebirse también como dar a las personas, en cualquier parte, los elementos suficientes para escoger un sitio, un bando en esta guerra no declarada abiertamente. Tomar partido, de manera transparente… frente a la falsa neutralidad que quieren construir en los medios, en “sus” medios, quienes por unas cuantas monedas son capaces de cualquier cosa por escrito o por dicho, haciendo como que no ven, no escuchan, no sienten.
En este país, pobre y marginado, hemos escuchado un solo reclamo a los periodistas. Durante las movilizaciones, los bloqueos o los debates por ver quién decide sobre lo público, la gente de a pie en Bolivia ha gritado a los reporteros, a veces piedras en mano, “informen bien”. Un reclamo justo que merece atención, una atención histórica que los medios y sus señores no han dado nunca, porque estaban ocupados en imponer su visión de lo sucedido, victoriosos y soberbios.
Pero en la guerra que no nos declaran del todo, las y los bolivianos más pobres, en particular la gran mayoría indígena, comenzaron este siglo cosechando sus propias victorias sobre el poder del dinero. Entre 2000 y 2005 un ciclo de batallas, de pequeñas “guerras”, permitió expulsar transnacionales, terminar con malos gobiernos, cambiar el curso de esa historia que escribían “ellos”, los de arriba, que en pleno repliegue de sus fuerzas dejaron a la vanguardia mediática para hacer propaganda, para mentir cada vez con más ahínco.
Una de las formas de la mentira, de la trampa política de los medios comerciales, ha sido el “olvido”. Olvidando su sumisión al poder de antes, que es el de sus dueños, nos han tratado de engañar con una defensa “presente y presentánea” de valores e instituciones, dando continuidad a su política de informaciones, que criminaliza y desvirtúa, que descalifica a esa poderosa “democracia en las calles” forjada a sangre y fuego los primeros años del siglo XXI.
Los medios, sus amos, se han convertido en reallidad en defensores de “su” verdad y de “su” democracia. Jugando con la memoria colectiva (eso pretenden) para esconder sus engaños, sus corruptelas y su parcialidad. Aferrados al momento presente, pretendiendo aislarse del pasado, los medios y sus señores nos venden cada minuto una versión de los hechos que parece nueva… y no es sino la misma, contada por ellos una y otra vez.
La gente, por su lado, ahora pelea con ellos por decir, por contar su parte de la historia. Sabedores de la enorme potencia de su hacer colectivo, los oprimidos de antes han comenzado una nueva batalla en esta guerra: la de decir “su palabra” y dejar rastro de su estar en el mundo para los que han de venir mañana.
Acá, en este rincón del mundo, creemos que tomar partido por ellos es sin duda hacer que sus voces sean escuchadas y reportar “desde adentro” lo que hacen. Es parte del deber de un periodista de estos tiempos documentar esa cadena de eventos, que nos viene de lejos en el pasado y probablemente nos rebase en el futuro, que los amos del mundo llaman “progreso”... y que para nosotros, convertidos en mensajeros, es nada más una acumulación de destrucción y de saqueo.
Queremos recibir la voz que llega a nuestro presente y preservar el aliento para los que habrán de venir más adelante a escucharla.
Luego de esta elección informativa, política, reafirmamos que Bolivia (como muchas partes de nuestro continente) vive un proceso de cambio en el que la mayoría de lo alcanzado por la gente fue fruto de acciones no ligadas a las rígidas formas que adopta el poder, en el Estado. De todos modos, también sabemos de los límites expresos de la dinámica social boliviana, incapaz de crear hasta hoy una alternativa concreta a las instituciones liberales que la han reprimido durante tantos años. Más bien, hubo que llegar a gobernarlas.
El escenario político es ahora tal vez más confuso que antes. Y las líneas que cruzan de sociedad a gobierno, y viceversa, no siempre se miran del todo definidas. Nuevas relaciones políticas han nacido en Bolivia, sin que por ello se gestara un cambio en las relaciones sociales, en las que los que gobiernan mantienen estrechas relaciones con los gobernados: son como ellos producto de un mismo bando en esta guerra.
Esto dificulta las cosas, muchas veces, en el terreno de la información: el despliegue estatal de las potencias sociales ha comprimido a la derecha, sí, pero no ha modificado esencialmente el “estado de las cosas”, que siguen siendo como antes, no sólo por falta de recursos, sino también de voluntad. Y mientras los que han desatado la guerra se rearman y pasan nuevamente a la ofensiva, la brecha entre Estado y sociedad sigue vigente, impidiendo conjurar la fuerza necesaria para enfrentarlos.
Y en esta desorientación hacemos también una elección informativa, política: porque en Bolivia la fuerza, la colectividad, no ha pasado al gobierno ni tampoco a la derecha. Desde ahí, desde la conjugación más elemental de la gente (“sencilla y trabajadora”, como dice Oscar Olivera), siguen haciendo falta noticias. Hacen falta la crítica y la denuncia, porque la expropiación política a los de abajo, que fraguan la derecha y el gobierno (a veces combinadamente), puede tener un alto precio para todos nosotros en el conflicto en marcha.
Acá, entonces, la gente y su “estar diciendo”: Ukhampacha BOLIVIA, que quiere decir que asimismo somos, así es el tiempo en Bolivia, y en otros territorios. Acá periodismo, comprometido y transparente, y sobre todo irreverente. Pero no lo queremos hacer solos, y sin duda necesitaremos de su ayuda, de cooperación voluntaria y muchas veces solidaria, porque así, con “los pocos” que pongamos todos, estaremos menos solos en esta resistencia que debe pasar a la ofensiva… acá flameando el sueño y la palabra, la voz, la imagen, el fuego en esta guerra.
Abril de 2007.